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Ética y Relaciones Internacionales

  • 20 oct 2014
  • 4 Min. de lectura

Realizado por María Asensio.


A lo largo de la historia, ha sido intensamente debatida la posición ocupada por las cuestiones éticas en las Relaciones Internacionales. Ante todo, hemos de diferenciar dos niveles. A nivel personal, las cuestiones éticas ocupan un lugar de privilegio porque nadie discute la protección de los derechos humanos inalienables. No obstante, los hechos han demostrado que, a nivel de Estados, se persiguen otros intereses que se disfrazan de cara a la opinión pública bajo un halo de acciones de carácter ético o humanitario pero que, en el trasfondo, van encaminados a la consecución de una ventaja de poder económico comparativa con respecto al resto de la Sociedad Internacional.


A este respecto, el caso de Siria no es una excepción, siendo actualmente debatida una posible intervención, la cual puede ser analizada desde diferentes perspectivas. Mientras que la versión oficial presenta como justificación de la intervención la violación de los Derechos Humanos que lleva ocurriendo desde 2011 y constituye una verdadera masacre, ésta parece completarse si aludimos a la posición estratégica que ocupa Siria en Oriente Medio o a su importancia en el mercado petrolífero.


A pesar de estos hechos objetivos, diferentes teorías de las Relaciones Internacionales mencionan motivos contrapuestos para justificar una hipotética intervención. Desde el punto de vista del realismo, podemos concluir que lo más sensato sería intervenir, pues ya Maquiavelo argumentó que el poder es el único medio para generar seguridad y que el dominio en el extranjero es la condición de la libertad en casa. El dilema de seguridad no hace más que apoyar la doctrina realista, pues ante la posible amenaza que supone el desarrollo armamentístico de Siria, los Estados deben intervenir con el fin de buscar el poder y la seguridad. Por consiguiente, si se tienen los medios necesarios para intervenir en Siria, conviene intervenir.


Los realistas niegan toda clase de orden moral al alegar como principal motor de las acciones de los Estados el interés nacional. Las cuantiosas reservas de gas natural, sal gema y fosfatos de que dispone Siria, así como su puesto estratégico en el mercado petrolífero, están en el punto de mira de muchas potencias internacionales. Si bien los realistas no se esconden tras una falsa moral de protección de los derechos humanos, en el caso de Siria (y en muchos otros) es una consecuencia de la aplicación de su ideario.


Frente a la concepción realista, los idealistas afirman que, en una posible intervención en Siria, debe primar el respeto a los Derechos Humanos. A la hora de jerarquizar, los idealistas o liberales colocan los Derechos Humanos en la cúspide de la pirámide, estando destinadas las instituciones y normas a concordar con los primeros. Bajo esta óptica, la única vía para alcanzar este objetivo de forma estable y duradera es establecer tras la intervención los mecanismos adecuados para instaurar una democracia real; son las democracias reales las que garantizan la paz internacional en base al principio de la Paz Democrática de I. Kant.


Prueba de ello, con todos sus defectos, ha sido la intervención en Irak, que ha conseguido acabar con el genocidio del pueblo Kurdo y con el sometimiento de un pueblo de mayoría chií a una minoría suní durante décadas. El caso de Irak es un ejemplo, que por su similitud, hay que tener en cuenta analizando sus resultados. En un primer momento, podríamos pensar que una democracia impuesta nunca podría ser considerada democracia como tal. Sin embargo, consideramos que sí es lícito imponer una democracia a pesar de que, como se ha visto en Irak, esto pueda desencadenar un periodo de transición violento e inestable, en el que no se pueda hablar de “democracia real” hasta que la población alcance un mínimo grado de “madurez democrática” y asuma un rol activo en el destino de su país.


Es conveniente abrir esta democracia a los islamistas moderados, pues aunque la democracia ha de abrirse a todo el mundo, hemos de situar el respeto a los derechos humanos como valor superior que informe los principios democráticos. Por ello, si entendemos el islamismo como la adaptación del sistema político a los preceptos establecidos por el Islam, podríamos diferenciar dos tipos de grupos islamistas: aquéllos que hacen una interpretación fundamentalista del Corán y la shari’a, y aquéllos que hacen una interpretación crítica y a la luz de los derechos humanos; de entre los cuales sólo los segundos deben tener cabida en una democracia.


En conclusión, para generar una correcta opinión se hace necesario integrar todas las teorías de las Relaciones Internacionales, pues determinados aspectos de este conflicto han de ser analizados desde teorías diferentes. Así, es lícito intervenir en los asuntos internos de un Estado siempre y cuando sea para imponer el respeto a los Derechos Humanos. No obstante, esto no puede ser un pretexto para que determinados países adquieran por la fuerza una posición de privilegio frente al resto de la Sociedad Internacional.


En el caso de Siria, donde está teniendo lugar un verdadero genocidio, desde un punto de vista idealista estimamos que se debería intervenir para proteger los Derechos Humanos de la población civil. El punto controvertido de esta posible intervención sería el cómo intervenir y quién ha de encargarse de ello. Así, creemos que la solución más adecuada sería una intervención desde una Organización Internacional en la que ningún Estado en concreto liderase la actuación, de manera que ninguna de las partes intervinientes pudiese obtener una posición ventajosa o un beneficio nacional más allá de intereses puramente humanitarios, la resolución del conflicto y el establecimiento de una verdadera democracia.


El hecho de que ningún Estado haya intervenido aún, es fácilmente explicable desde el punto de vista realista, siendo la principal causa de éste el “Interés Nacional” de cada Estado. Así, Estados Unidos, a pesar de que durante la evolución del conflicto ha mostrado cierto interés en intervenir, parece más reacio a hacerlo en la actualidad porque, además de carecer de suficiente apoyo internacional, no tiene garantías de que vaya a obtener beneficios como resultado de esta actuación.


 
 
 

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